Prensa: El régimen fracasa en seducir a la prensa de EE UU

Madrid/En Santiago de Cuba, una mujer de 76 años y su hija duermen sobre unos cartones colocados encima de estructuras metálicas. Ni siquiera tienen una bombilla. En Baracoa, un hombre estalla al hablar de Fidel Castro y acaba llorando de rabia. “Cuba está congelada en el tiempo”, exclama. “No hay esperanza”. Son historias reportadas en los medios estadounidenses que desmienten la imagen de resistencia heroica que La Habana ha intentado vender al mundo durante décadas.
Las escenas aparecen en un extenso reportaje publicado por The Atlantic el pasado 26 de octubre, bajo un título tan escueto como demoledor: El colapso de Cuba. Su autor, Robert F. Worth, recorrió durante nueve días la Isla junto al fotógrafo Moises Saman y encontró un país donde los ancianos mendigan, las iglesias alimentan a quienes el Estado ha abandonado y hasta los antiguos entusiastas de la Revolución expresan su desencanto.
Llama la atención que, en apenas unas semanas, The Wall Street Journal, uno de los medios más anticastristas de EE UU, haya conseguido un visado y publicado un reportaje audiovisual sobre la crisis energética y económica, mientras el programa 60 Minutes, de CBS, ha mostrado las estremecedoras condiciones del Hospital Pediátrico William Soler. Sus cámaras registraron los esfuerzos por salvar a un bebé de apenas dos meses, desnutrido y deshidratado, que terminó falleciendo días después.
¿Ha decidido el régimen abrir las puertas a la prensa internacional para exhibir el desastre que antes intentaba disimular?
Los periodistas del Wall Street Journal obtuvieron visados de prensa y CBS consiguió acceder a un hospital estatal y entrevistar al viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío. Todo ello mientras los periodistas independientes cubanos, como Yoani Sánchez, directora de 14ymedio, son sitiados en sus viviendas; o detenidos violentamente en plena calle, como Adelth Bonne y Camila Acosta. Otros, como Henry Constantín, director de La Hora de Cuba, permanecen en prisión provisional, sometidos a procesos judiciales por ejercer su labor periodística y publicar historias muy similares a las que transmiten los enviados especiales de los medios estadounidenses y europeos.
¿Ha decidido el régimen abrir las puertas a la prensa internacional para exhibir el desastre que antes intentaba disimular? Esa parece ser la nueva apuesta. Si la crisis ya no puede ocultarse, quizás resulte más rentable mostrarla y manipular su interpretación. No se trataría ya de negar el hambre, sino de convencer a los estadounidenses de que Washington es su principal responsable.
Fernández de Cossío sigue ese libreto y se deshace en declaraciones, repitiendo los mismos argumentos ante las cámaras de los medios. El problema para La Habana es que las imágenes no siempre cuentan la historia que desean quienes permiten filmarlas.
En el reportaje del Wall Street Journal, Bárbara López Chávez, una jubilada que depende de un comedor social para alimentarse, se queja de las carencias. La administradora del establecimiento interviene para recordarle que la Revolución se ocupa de ellos. La anciana no parece impresionada: “Pero si a la bodega no llega nada, mija”.
“Nos parece que el verdadero embargo está dentro de Cuba”
Worth encuentra una reacción semejante. Durante su recorrido, el periodista de The Atlantic asegura que no conoció a una sola persona que responsabilizara a Donald Trump o a Estados Unidos de su situación. Incluso cuando él mismo mencionaba las restricciones estadounidenses, sus interlocutores insistían en los problemas internos. Guillermo Almeida, un ingeniero jubilado, le aseguró que el petróleo venezolano tampoco llegaba a la población. Otro resumió su diagnóstico con una frase lapidaria: “Nos parece que el verdadero embargo está dentro de Cuba”.
En La Habana, el periodista conoce a un antiguo combatiente de Angola que lleva tatuado a Che Guevara desde los 18 años. Fue un entusiasta de la Revolución, pero hoy expresa su rechazo a la dirigencia cubana.
Los testimonios revelan la distancia entre el discurso oficial y las explicaciones que ofrecen muchos ciudadanos sobre su desgracia. Y algo semejante ocurre con los periodistas extranjeros: ya no llegan a una revolución incipiente cargada de promesas, sino a un sistema cuyos resultados pueden juzgarse después de casi siete décadas.
El contraste remite a enero de 1959, cuando Fidel Castro organizó la llamada Operación Verdad. Ante las críticas internacionales por los juicios revolucionarios y los fusilamientos, convocó a centenares de corresponsales a La Habana. El joven comandante comprendía el poder de la prensa y sabía aprovechar su carisma para proyectar una imagen favorable del nuevo Gobierno. Aquella operación permitió difundir sus argumentos ante una audiencia internacional. Había una revolución victoriosa, un líder que fascinaba a numerosos observadores e intelectuales y una promesa de futuro que todavía no había sido puesta a prueba.
Worth visita el cementerio de Santa Ifigenia, donde reposan las cenizas de Fidel Castro. Es el único lugar impecablemente limpio que recuerda haber visto en Cuba
Hoy las condiciones son radicalmente distintas. Los herederos de Castro no tienen una epopeya que ofrecer, sino justificaciones para un fracaso acumulado. Tampoco cuentan con una sociedad dispuesta a aceptar indefinidamente los sacrificios en nombre de un mañana mejor.
El desenlace del artículo de The Atlantic parece escrito para ilustrar los límites de semejante empeño. Worth visita el cementerio de Santa Ifigenia, donde reposan las cenizas de Fidel Castro. Es el único lugar impecablemente limpio que recuerda haber visto en Cuba. El césped está perfectamente cortado, los caminos barridos y los soldados ejecutan una ceremonia militar de precisión admirable. No hay un solo visitante.
Durante unos instantes, el espectáculo le permite imaginar el país que Castro prometió: una sociedad donde el socialismo triunfó, nadie está enfermo y todos aspiran a seguir el ejemplo del héroe revolucionario. Entonces una brisa atraviesa el jardín y arrastra el olor acre de la basura quemada. El periodista recuerda inmediatamente dónde se encuentra, y la escena resume, con una sencillez demoledora, los límites de la propaganda.
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