Foto del día: Un litro de aceite cuesta ya más de dos salarios mínimos

La Habana/Dos botellas de aceite de girasol, colocadas este miércoles sobre unas cajas de plástico en una acera habanera, resumen buena parte de la crisis cubana. El vendedor ambulante pedía 4.500 pesos por cada una, junto a conservas, paquetes de espaguetis y cajetillas de cigarrillos. El precio, comprobado por 14ymedio, ha convertido en un lujo uno de los ingredientes más elementales de la cocina de la Isla.
Para comprar ese litro, un trabajador que reciba el salario mínimo mensual, fijado en 2.100 pesos, tendría que entregar el sueldo íntegro de dos meses y añadir todavía otros 300 pesos. Al cambio informal de este miércoles, la botella equivalía a unos 6,67 dólares o 5,70 euros.
La conversión, sin embargo, apenas permite medir el abismo. En España, donde los ingresos son muy superiores, un litro de aceite de girasol refinado cuesta entre 1,75 y 2,85 euros en cadenas como Dia o Carrefour. Para un cubano que viva de su salario, en cambio, el precio observado en La Habana supone más de 60 jornadas completas de trabajo.
Los 4.500 pesos comprobados por este diario ni siquiera constituyen el extremo de la escalada. En publicaciones de redes sociales aparecen pomos ofrecidos a 6.000 pesos, lo que demuestra hasta dónde puede llegar la especulación con un producto que hasta hace poco estaba sujeto a un precio minorista máximo de 990 pesos por litro.
El Gobierno eliminó en julio aquel tope, después de que la medida provocara desabastecimiento, ventas clandestinas y una brecha cada vez mayor entre los precios oficiales y los costos reales de importación. Sin mercancía suficiente para cubrir la demanda, el límite administrativo terminó expulsando el aceite de los establecimientos regulados, pero no redujo su precio en el mercado informal.
La práctica es técnicamente posible en determinados motores antiguos y puede mantenerlos en marcha de manera temporal, pero entraña riesgos
Ahora algunos gobiernos locales intentan contener el descontrol mediante inspecciones y “precios concertados”. El Consejo de la Administración Municipal de Guantánamo, por ejemplo, fijó en 2.200 pesos el precio minorista de la botella de aceite, después de estudiar los costos declarados por los comerciantes del territorio. Sin un aumento de la oferta, esas decisiones corren el riesgo de repetir la historia de los topes anteriores.
A la demanda de las cocinas se ha añadido otra tan insólita como reveladora de la crisis energética. Videos publicados en redes sociales muestran a choferes vertiendo aceite vegetal en los depósitos de vehículos con motores diésel, como alternativa desesperada ante la escasez de combustible.
La práctica es técnicamente posible en determinados motores antiguos y puede mantenerlos en marcha de manera temporal, pero entraña riesgos. El aceite de cocinar no es biodiésel y su mayor viscosidad puede obstruir los inyectores, dejar depósitos y acabar dañando el sistema.
En la Cuba de los apagones y las gasolineras vacías, el litro que una familia necesita para freír un huevo compite con el que un transportista vierte en el tanque para completar un viaje. Sobre la improvisada tarima de aquella acera habanera, las botellas amarillas condensaban la dimensión del desastre. El alimento básico es, también, un combustible de emergencia y una mercancía cuyo precio supera dos salarios mínimos.
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