Opinión: Cuando la satería tuvo que salir a resolver

Málaga/Durante años me he resistido a escribir sobre el jineterismo cubano. No por pudor, ni porque el asunto estuviera prohibido, sino por algo casi peor para un articulista: porque parecía haber sido escrito demasiadas veces. Entre la curiosidad lubricada del turista, el sermón revolucionario y la condena moral, la jinetera había quedado reducida a prostituta y el jinetero a buscavidas. Se hablaba mucho de sus cuerpos y muy poco de la sociedad que los había producido.
Solo me interesaba volver sobre el tema si encontraba una perspectiva que permitiera entenderlo como fenómeno histórico, sociocultural y psicológico: como la transformación, bajo la necesidad revolucionaria, de un repertorio mucho más antiguo de picardía, gracia, sociabilidad y satería. Porque el jineterismo no inventó el arte cubano de gustar; lo puso a ganarse la vida.
La palabra satería merece por sí sola un pequeño rescate. El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española define al sato o la sata como persona “zalamera y extremosa con las del sexo opuesto”. En Cuba, sin embargo, el vocablo posee matices que ningún diccionario consigue apresar del todo. La satería no es solamente coquetería. Es la mezcla de gracia, efusividad, teatralidad, simpatía y malicia con que alguien puede atraer la atención, obtener un favor o desarmar una resistencia sin pedir nada de frente.
Satear es insinuar sin comprometerse, prometer sin formular la promesa y retirarse dejando al otro con la impresión de haber estado a punto de conseguir algo
Satear es insinuar sin comprometerse, prometer sin formular la promesa y retirarse dejando al otro con la impresión de haber estado a punto de conseguir algo. Podía ser una práctica interesada, desde luego, pero también un juego social, una pequeña representación y hasta una forma de poder femenino dentro de una sociedad organizada por los hombres. La satería no prometía la entrega; administraba la posibilidad.
Aunque hubo –y hay– hombres perfectamente capaces de ejercerla, la cultura cubana terminó asociándola sobre todo a cierta mujer habanera: zalamera, sandunguera, rápida de palabra, consciente de su efecto y nada inclinada a disimularlo. No se trata de una condición genética ni de una esencia tropical que viniera disuelta en el agua del Almendares. Era un personaje histórico aprendido y perfeccionado durante generaciones.
Si buscamos sus parientes lejanos, conviene mirar primero hacia la picaresca española. Desde el Lazarillo de Tormes, en el siglo XVI, hasta los grandes pícaros del XVII, el personaje sobrevive leyendo las debilidades ajenas, cambiando de amo, fingiendo, exagerando y encontrando una salida lateral allí donde el camino recto está reservado a otros. El pícaro no reforma el orden social: aprende a burlarlo. Es, en cierto sentido, un especialista prematuro en resolver.
No resulta casual que parte de esa literatura y de esa actitud vital madurara en la España meridional, alrededor de ciudades portuarias, desiguales y teatrales como Sevilla y Cádiz. Por ellas pasaban las riquezas de las Indias, pero no siempre se quedaban en las manos de quienes cargaban los barcos. La abundancia visible y la pobreza real suelen ser buenas escuelas de picardía.
Entre aquellos puertos y La Habana circulaban mercancías, palabras, músicas, gestos y maneras de relacionarse. El español andaluz y canario proporcionó buena parte de la base lingüística antillana, pero la satería no desembarcó ya formada de un galeón. Cuba la reelaboró en su mezcla propia: la vida portuaria, la experiencia afrocriolla, el solar, la música, la calle, el teatro y una sociabilidad acostumbrada a convertir cualquier conversación en escena.
No eran escuelas de prostitución, sino archivos vivos de gestos y actitudes que después podían reaparecer en otros contextos
El cuplé, la zarzuela y el sainete español encontraron en la Isla al teatro bufo, la guaracha y el choteo. Más tarde llegaron la revista, la vedette y el cabaré. En todos ellos se perfeccionó una feminidad escénica capaz de sostener la mirada, medir una pausa y convertir un movimiento de caderas en comentario social. No eran escuelas de prostitución, sino archivos vivos de gestos y actitudes que después podían reaparecer en otros contextos.
La Macorina representa una de las formas más provocadoras de aquella autonomía. María Calvo Nodarse no fue una jinetera antes de tiempo, sino una cortesana excepcional dentro de una sociedad donde la prostitución estaba perfectamente reconocida, jerarquizada y localizada. La leyenda retocó después su biografía, pero conservó lo esencial: aquella mujer que conducía automóviles, exhibía joyas y fumaba con una desenvoltura entonces reservada a los hombres convirtió su belleza en dinero, independencia y personaje público.
No es necesario moralizarla ni blanquear su oficio. Su importancia está en haber dado la vuelta, hasta donde era posible, a una relación de poder: no aparecía como mujer escogida, sino como mujer que escogía. Su caso fue extraordinario precisamente porque la mayoría de las prostitutas de la época no conducía descapotables ni recibía homenajes musicales. Trabajaba en burdeles, bares y garitos de poca monta, principalmente alrededor del puerto y de las zonas de tolerancia.
Rita Montaner encarnó otra vertiente, muy distinta y enteramente artística, de aquella cubanía. Con una sólida formación musical, pasó de la zarzuela a la guaracha, del teatro a la radio, el cine y el cabaré, imponiendo una presencia que no necesitaba solicitar permiso. En Rita, la gracia no era sumisión ni ofrecimiento, sino dominio del escenario. Sabía gustar sin rebajarse y hacer del desenfado una forma de autoridad. La llamaron La Única porque cualquier clasificación le quedaba pequeña.
La Macorina convirtió el deseo ajeno en leyenda personal; Rita Montaner convirtió el talento y la personalidad en arte nacional. No conviene confundirlas ni emparentarlas moralmente. Juntas sirven para recordar que, mucho antes de que apareciera el jineterismo, Cuba poseía ya un repertorio femenino de desafío, sensualidad, teatralidad y manejo de la mirada masculina.
La Macorina convirtió el deseo ajeno en leyenda personal; Rita Montaner convirtió el talento y la personalidad en arte nacional. No conviene confundirlas ni emparentarlas moralmente
Tampoco debe imaginarse la República como una sucesión de cuplés elegantes, automóviles rojos y cabarés fastuosos. La prostitución era abundante y, en muchos casos, miserable. La marinería norteamericana constituía una clientela importante, especialmente en las zonas portuarias, pero no la única: había cubanos, comerciantes, turistas, jugadores y viajeros. Junto a algunas cortesanas de lujo existía una masa de mujeres explotadas en locales de baja reputación. La sexualización comercial de la mulata, además, era muy anterior a 1959.
La propaganda castrista siempre ha sabido emplear una media verdad como si fuera la verdad completa. Que aquella realidad existiera no significa que toda La Habana fuese un burdel, pero tampoco hace falta perfumar la República para criticar lo que vino después. La diferencia fundamental no consiste en que antes hubiera seducción artística y después prostitución. Consiste en que la prostitución anterior tenía espacios, intermediarios y una identidad profesional reconocible, mientras el jineterismo revolucionario terminó deslocalizando y extendiendo la transacción.
Durante los primeros años sesenta, el nuevo poder cerró burdeles, persiguió a proxenetas y sometió a muchas prostitutas a programas de rehabilitación y trabajo. El régimen presentó la desaparición de los barrios de tolerancia como la extinción definitiva del fenómeno. En cierta medida consiguió desmontar aquel circuito visible. Pero eliminar la geografía de una práctica no equivale a eliminar las condiciones que pueden reproducirla.
Cuando el subsidio soviético se derrumbó y comenzó el llamado Período Especial, la prostitución no regresó a sus antiguos barrios. Reapareció bajo una forma distinta, dispersa y mucho más ambigua. El dólar fue legalizado, el turismo se convirtió en tabla de salvación del Estado y el extranjero pasó a circular por la Isla como una casa de cambio con piernas. Un médico, una ingeniera o una profesora cobraban en pesos un salario incapaz de llenar el refrigerador; cualquier propina o regalo de un turista podía adquirir un valor desmesurado.
La Revolución proclamó que había redimido a la mujer cubana y terminó construyendo una economía en la que una sonrisa pagada en dólares valía más que un título universitario
La Revolución proclamó que había redimido a la mujer cubana y terminó construyendo una economía en la que una sonrisa pagada en dólares valía más que un título universitario remunerado en pesos.
Ahí nació propiamente el jineterismo como criatura revolucionaria: no porque el Gobierno lo decretara ni porque antes no existiera el intercambio sexual, sino porque la organización económica del castrismo produjo aquella modalidad concreta. La prostitución era antigua; el jineterismo, en cambio, fue hijo genuino de la Revolución, no de sus ideales, sino de su fracaso.
Un estudio de Charles Trumbull publicado en 2001, basado en un trabajo de campo realizado en Cuba y en distintas fuentes de los años noventa, observó precisamente esa diferencia. No había reaparecido una gran red de burdeles ni predominaba el proxeneta tradicional. Muchas relaciones se establecían directamente en hoteles, discotecas, playas, calles o a través de amistades. La jinetera podía no considerarse prostituta ni ejercer de manera permanente: podía ser estudiante, técnica, empleada o madre de familia y recurrir ocasionalmente a una relación con un extranjero para obtener lo que ni su salario ni la libreta podían darle.
En aquella economía nocturna, las fronteras entre la satería, el jineterismo y la seducción con horizonte migratorio eran porosas. Daliany Jerónimo Kersh recoge que ya en los años ochenta circulaba la expresión jinetera-mambisa… La jinetera quedó más asociada a la transacción inmediata o profesionalizada, mientras que la mambisa aspiraba a empatarse con un extranjero y, si la “campaña militar” prosperaba, casarse y salir del país. De aquellas mambisas se decía, con el choteo de rigor, que estaban “acabando con los españoles”; después, el enemigo se volvió multinacional.
Las fronteras, desde luego, seguían siendo movedizas. Había habaneras que conocían el terreno, muchachas llegadas de provincias que sorteaban las restricciones de residencia para probar fortuna en la capital y mujeres que salían a resolver una sola noche y terminaban instaladas en la farándula. No eran especies distintas ni grados militares de una taxonomía sexual, sino posiciones cambiantes dentro de un continuo de necesidad, curiosidad, diversión, ambición y supervivencia. La antigua prostitución exigía entrar en un circuito; para jinetear bastaba encontrar un turista y saber gustarle.
El país entero aprendía a resolver: conseguir por la izquierda lo que no aparecía por la derecha, desviar recursos, inventar parentescos, fingir entusiasmos y cultivar al contacto adecuado
El jineterismo tampoco se limitó al sexo ni fue exclusivamente femenino. El jinetero podía vender tabacos falsos, conseguir una habitación, hacer de guía, buscar combustible, servir de intermediario o cultivar una amistad interesada. También hubo hombres que ofrecieron relaciones sexuales. El verbo era mucho más ancho que la cama: designaba cualquier manera de “cabalgar” sobre el extranjero para atravesar la escasez.
Por eso llegó a decirse que en Cuba cualquiera podía jinetear. No significaba que todos se prostituyeran, sino que la lógica de la transacción había dejado de pertenecer a un oficio. El país entero aprendía a resolver: conseguir por la izquierda lo que no aparecía por la derecha, desviar recursos, inventar parentescos, fingir entusiasmos y cultivar al contacto adecuado. La picaresca puso el método; la satería, el estilo; la Revolución, la necesidad.
La transformación decisiva se produjo en el significado del gesto. La sata convertía el deseo ajeno en triunfo; la jinetera necesitó convertirlo en ingreso. Una podía disfrutar de dejar al admirador esperando; la otra dependía de que aquella espera terminara pagando la cena, el jabón, un perfume o el pasaporte. Acaso la sonrisa fuese la misma, pero había cambiado la libertad desde la cual se ofrecía.
No fue, por tanto, una evolución natural de la sandunga cubana hacia la prostitución, sino una reutilización bajo coacción económica. La necesidad requisó viejas habilidades sociales y las puso a trabajar. La simpatía se volvió inversión, la conversación tanteo, el romance posible vía migratoria. Hubo relaciones sinceras, afectos reales y matrimonios que no pueden reducirse a un cálculo. Pero precisamente ahí residía la complejidad psicológica del fenómeno: necesidad, cariño y amistad podían convivir sin que ni siquiera sus protagonistas supieran dónde terminaba una y comenzaba la otra.
Mientras tanto, el Estado condenaba a la jinetera por hacer al por menor lo que él practicaba al por mayor: vender al extranjero una fantasía tropical a cambio de divisas. Las campañas turísticas ofrecían ron, música, sensualidad y cuerpos sonrientes, mientras la Policía vigilaba a la cubana que se acercaba a un visitante a “sofocarlo”. A aquello lo llamaban “asedio al turismo”. Ella vendía compañía; el Estado vendía la Isla.
La Habana podía ponerle choteo incluso a aquella trastienda, pero romantizar el jineterismo sería otra forma de falsearlo
A medida que creció, aquella actividad inicialmente dispersa creó también su propia retaguardia. No siempre había un proxeneta reconocible: a veces ese papel lo desempeñaba el esposo, el “maridito” –la pareja informal– o incluso un hermano que esperaba en casa y participaba de la recaudación; otras, el taxista que acercaba al turista, el dueño de una casa de citas que prestaba la habitación o el policía que cobraba por mirar hacia otro lado. Las muchachas llegadas del interior podían apoyarse en paisanos y familiares para encontrar alojamiento, protección y una zona de trabajo o para moverse por determinadas discotecas y centros nocturnos. En ciertos ambientes se hablaba incluso de grupos identificados por la provincia de origen, más próximos a redes de paisanaje, ayuda mutua y reparto del terreno que a mafias con organigrama. Entre las recién llegadas, la vieja solidaridad guajira oriental y el buen fondo de muchas de ellas solían pesar más que cualquier disciplina del hampa. La Revolución había cerrado los burdeles; la necesidad reconstruyó la cadena de suministros.
La Habana podía ponerle choteo incluso a aquella trastienda, pero romantizar el jineterismo sería otra forma de falsearlo. Hubo explotación, engaño, violencia, degradación y una erosión profunda de la confianza. Cuando toda amabilidad puede esconder un precio y todo enamoramiento una solicitud de visado, la sensibilidad termina defendiéndose mediante el cinismo. El extranjero aprende a interpretar cada sonrisa como una oferta; el cubano, a mirar cada extranjero como una posible salida a un problema. El daño moral no consiste en la pérdida de una supuesta pureza o frescura de lo sexual, sino en la colonización de la intimidad por la supervivencia.
También se fue perdiendo el arte de la distancia. La antigua satería vivía de la insinuación, del rodeo y de lo que quizá nunca llegaría a suceder. La urgencia revolucionaria fue acortando el trayecto entre guiño y la tarifa, con el descaro como única escala. El llamado chancletazo o chancletización no estaba en la pobreza ni en la ropa, sino en la desaparición de la ceremonia, del rito del cortejo: cuando seducir dejó de ser un juego para convertirse en trámite.
Ahora aquel ecosistema también se extingue. Según las cifras oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información (Onei), durante el primer semestre de 2026 el número de visitantes internacionales recibidos por Cuba equivalió apenas al 39,3 % del registrado en igual periodo del año anterior. Hasta la caricatura del paraíso tropical empieza a quedarse sin público.
En Cuba, entretanto, la preocupación se ha vuelto menos erótica y más eléctrica. El deseo necesita cierta confianza en el mañana, algo de intimidad y, si no es demasiado pedir, corriente. Antes de pensar en enamorarse, seducir o procrear, hay que averiguar a qué hora regresa la luz.
La Revolución acaso pueda atribuirse un último triunfo moral: ha reducido el jineterismo, no porque haya redimido a las jineteras, sino porque ha espantado a los turistas y porque muchas de ellas se marcharon a construir su futuro en otros países, lejos de la “burundanga” revolucionaria que las había empujado a salir a resolver. Hoy el pueblo cubano, exhausto hasta para ejercer aquel viejo arte de la satería, espera que alguien o algo cambie su destino. Pero ningún destino colectivo cambia por la simple espera, por mucho que, a noventa millas, haya quienes estén deseando una buena excusa para actuar. En la Cuba donde antes se salía al encuentro del turista, hoy se espera a que vuelva la corriente. Y hasta la satería pide turno para encender su motor.
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