Agua: Un camión de carga convertido en pipa recorre La Habana

La Habana/A primera vista parece un viejo camión de carga detenido junto a la acera. Pero basta mirar la parte trasera para descubrir el invento. Dentro de la caja del vehículo se ha instalado una cisterna cilíndrica y, en uno de sus extremos, una salida permite descargar el agua. El resultado es una pipa improvisada, una de esas soluciones de emergencia que en La Habana acaban incorporándose al paisaje como si siempre hubieran estado ahí.
El vehículo, visto por 14ymedio en la calle Reina, en Centro Habana, conserva prácticamente intacta la estructura de un viejo Kamaz, de fabricación soviética. La cisterna ha sido encajada dentro del compartimento destinado originalmente a transportar carga, lejos de la configuración de un camión construido específicamente para llevar líquidos. La adaptación es rudimentaria, pero aparentemente cumple su cometido.
La escena sería apenas una curiosidad mecánica si no apareciera en medio de la grave crisis de abastecimiento que atraviesa la capital. Durante los últimos meses, decenas de barrios han padecido interrupciones prolongadas provocadas por averías en las conductoras, equipos fuera de servicio, salideros y, sobre todo, apagones que dejan sin electricidad los sistemas de bombeo.
Durante este verano, varios habaneros han denunciado precios de entre 40.000 y 60.000 pesos por una pipa de agua
Las roturas recientes en sistemas como Cuenca Sur y Oeste han afectado a municipios densamente poblados, entre ellos Centro Habana, Cerro, Plaza de la Revolución, Diez de Octubre, Playa y Boyeros. Aguas de La Habana informa casi a diario de nuevas interrupciones por falta de corriente, averías o trabajos de reparación. Al problema de conseguir electricidad se suma así otro cada vez más elemental: abrir la llave y que salga agua.
Cuando la red deja de funcionar, las pipas pasan de ser un servicio auxiliar a convertirse en salvavidas. Pero tampoco para eso sobran recursos. Escasean también los vehículos en buen estado, las piezas de repuesto y el combustible, y el propio Gobierno ha reconocido dificultades para cumplir los ciclos de distribución mediante camiones cisterna.
La escasez ha creado además un lucrativo mercado informal. Durante este verano, varios habaneros han denunciado precios de entre 40.000 y 60.000 pesos por una pipa de agua, con casos que llegan incluso a 80.000, según el barrio y la urgencia del comprador. Apenas unos años atrás, en 2021, conseguir una pipa por la izquierda costaba entre 400 y 600 pesos.
Una vecina de Luyanó cuenta a este diario que la crisis del abastecimiento ha alimentado un creciente negocio informal alrededor del agua. “En zonas donde el agua nunca entra tienen que comprarla a 2.500 pesos el tanque, el pomo de 20 litros a 300 pesos o el pepino de agua congelada a 100 pesos”, explica.
Un servicio tapa el agujero de otro y, mientras tanto, la precariedad sigue dando vueltas sobre sí misma
La falta de agua también saca a los vecinos a la calle. En varios puntos de La Habana se han registrado protestas de residentes cansados de pasar días sin servicio, algunas protagonizadas por madres con sus hijos. A finales de agosto fue detenida Sady Campanioni, una madre habanera que llevaba días denunciando que en su cuadra no llegaba agua y que había reclamado públicamente un reparto más justo. Su arresto mostró hasta qué punto una crisis de abastecimiento puede derivar en operaciones punitivas de parte de las autoridades, cuando exigir un servicio básico termina provocando vigilancia, amenazas o detenciones.
El Kamaz de Reina resume esa cadena de carencias. Ante la falta de equipos especializados, se instala una cisterna en un viejo camión y se estira un poco más la vida útil de una máquina llegada a la Isla hace décadas.
La misma lógica se repite puertas adentro. En las casas, cualquier cubo, botella, cazuela o tanque sirve para guardar el agua cuando finalmente aparece. En la calle, cualquier camión que todavía arranque puede acabar convertido en pipa, aunque después la basura se acumule en las esquinas por falta de vehículos para recogerla. Un servicio tapa el agujero de otro y, mientras tanto, la precariedad sigue dando vueltas sobre sí misma.
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