Cuba y las ilusiones perdidas

Miami/Hace pocos días, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, finalmente confesó lo que algunos pocos conocíamos y que yo he venido diciendo y repitiendo desde hace meses: que Estados Unidos no llevará a cabo ninguna acción para derrocar el régimen comunista en Cuba y que ese es un problema de los cubanos. Por mucho que esto duela a numerosos compatriotas que tenían cifradas sus esperanzas en la Administración de Trump, debo reconocer que Rubio tiene toda la razón. Somos nosotros los que tenemos que resolver nuestros problemas. Solo siento que lo haya dicho tan tarde y que en todo ese tiempo haya estado alentando vanas ilusiones.
Ahora, en vez de lamentarnos, debemos ir en busca del tiempo perdido y cimentar nuestras ilusiones sobre bases más firmes. Recordemos a Henry David Thoreau: “Si construyes un castillo en el aire, no has perdido el tiempo. El castillo está ahí. Solo te falta poner los cimientos”. En este caso, lo que faltaba era la base firme para esos cimientos. La pregunta es qué hacer para resolver nuestros problemas. Para algunos hay solo dos posibles salidas: Un golpe militar o un levantamiento popular.
Sin embargo, el poder se ha preparado durante muchos años para aplastar con un aparato de inteligencia muy eficaz, calcado de la ya desaparecida Stasi alemana, cualquier intento golpista, por lo que la posibilidad de una victoria contra el despotismo es muy pequeña en las condiciones actuales.
¿Qué pasa si cambian las condiciones? Recordemos que tras las protestas del 11 de julio varios altos oficiales murieron en circunstancias extrañas
¿Qué pasa si cambian las condiciones? Recordemos que tras las protestas del 11 de julio varios altos oficiales murieron en circunstancias extrañas, sin actos honoríficos, sin revelarse las causas, y sus restos, cremados con premura y sin autopsias. Aquel intento fallido fue posible en medio del caos provocado por las manifestaciones de decenas de miles de cubanos en varias ciudades del país. El fracaso se produjo tras el aplastamiento brutal de las protestas.
Entonces debemos preguntarnos por qué fracasaron aquellas protestas que, a pesar de todo, hicieron temblar las murallas de la opresión. La respuesta, para mí, está bien clara: No existía todavía una toma de conciencia suficiente y generalizada en la población. Si la hubiera habido no hubieran salido decenas de miles sino cientos de miles. Al contrario, fue el 11 de julio lo que acabó de crear esa conciencia. Y se vio bien claro con las reacciones de muchos sectores de la población ante la bestial represión del régimen: en la Iglesia, en las logias masónicas, en el estudiantado – principalmente en las escuelas de arte, de Biología y la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños– entre otros.
Si hacemos una comparación de lo ocurrido contra la dictadura de Batista en los años 50, las similitudes son esclarecedoras con una sola diferencia: aquella lucha fue violenta y ésta ha sido pacífica. Ambos actos de rebeldía fueron un total fracaso en cuanto a los hechos en sí mismos. Sin embargo, en cuanto a las repercusiones que tuvieron entre la población, los dos fueron muy exitosos, tanto en las conspiraciones que surgieron posteriores al ataque al Cuartel Moncada, como a las tantas protestas que se han sucedido tras aquellas manifestaciones multitudinarias. En ambos casos, los hechos fueron el punto de partida de un período prerrevolucionario, entendiendo por revolución no lo que la dirigencia gubernamental cubana ha hecho creer, sino según la definición de la Real Academia de la Lengua, básicamente, una etapa de cambios profundos de una comunidad nacional. De acuerdo con esa definición, la Revolución Cubana comenzó en 1959 y terminó nueve años después, en 1968, cuando se realizó el último cambio radical con la desaparición de la pequeña propiedad privada.
Ambos actos de rebeldía fueron un total fracaso en cuanto a los hechos en sí mismos
El período prerrevolucionario que va desde 1953 hasta 1959, que se inicia con aquel ataque al Moncada –donde participaron muchos jóvenes idealistas iluminados por el pensamiento martiano, como Gustavo Arcos Bergnes, Mario Chanes de Armas, los hermanos Abel y Aidee Santamaría y otros muchos más que no sobrevivieron, traicionados todos posteriormente por el rumbo inesperado que una dirigencia taimada impuso– fue de cinco años y medio. Y en ese año, 1959, comenzó la etapa revolucionaria, o sea, la de los cambios profundos que lamentablemente condujeron a una sociedad de estructura totalitaria.
En el caso del 11 de julio, hasta el momento en que escribo son ya más de cinco años, y aunque esos períodos no tienen por qué durar el mismo tiempo, si mi teoría es correcta, ya no debe demorar el período revolucionario mismo. Esto es, estamos muy cerca del estallido de otra revolución, porque ya están todas las condiciones y solo nos falta terminar de poner los cimientos correctos al castillo para una explosión social en la que probablemente participen muchos más que decenas de miles, incluyendo policías y soldados, porque también son partes del pueblo, así como los cambios profundos que no llegaron a realizarse de una revolución verde como las palmas.
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