Foto del día: En la Farmacia de Peralta hay de todo, menos medicamentos

Holguín/Durante décadas, entrar en una farmacia cubana implicaba encontrarse con frascos, cajas de tabletas, pomos de alcohol, algodón y algún que otro producto de higiene. Después llegaron las carencias, las largas listas de medicamentos ausentes y las colas para conseguir un antibiótico o un analgésico. Pero la conocida como Farmacia de Peralta, en el reparto holguinero del mismo nombre, ha dado un paso más en la evolución de la especie: ahora parece una tienda de variedades.
“En la parte de los medicamentos solo había unos pocos frascos de colirio”, detalla una clienta que este lunes entró al local pensando que todavía comercializaba fármacos. La sorpresa fue mayor porque apenas diez días antes había pasado por allí y “esto no estaba así, todavía no se veía transformado en un mercadito”.
Una mirada general confirma la metamorfosis. Tras el largo mostrador de madera, los anaqueles exhiben ahora pañales desechables, champú, desodorantes, jabones, cosméticos, productos de higiene femenina, pasta dental y artículos para el hogar. Hay también juguetes, muñecas, juegos infantiles de maquillaje, peines y hasta pequeños recipientes de plástico. Todo colocado con una abundancia y un colorido que contrastan con la proverbial desnudez que desde hace años caracteriza a las farmacias estatales.
La farmacia pone el espacio y su personal se ocupa de vender directamente al público; a cambio, una parte de las ganancias termina en manos del Estado
El cambio no significa, sin embargo, que el establecimiento haya sido arrendado a un particular. La fórmula escogida resulta más enrevesada: un contrato de “venta por consignación” permite a los trabajadores por cuenta propia colocar allí sus mercancías. La farmacia pone el espacio y su personal se ocupa de vender directamente al público; a cambio, una parte de las ganancias termina en manos del Estado.
La operación tiene incluso su propia geografía dentro del local. Sobre algunos estantes permanecen carteles que recuerdan la función original del establecimiento: “Productos naturales y químicos dispensariales”, “Inyectables” y “Formas farmacéuticas sólidas”. Debajo, sin embargo, la realidad ha cambiado de receta. Donde deberían esperarse medicamentos aparecen colonias, productos capilares o artículos de aseo.
Hasta la fachada conserva el gran letrero de “Farmacia”, suficiente para que cualquier vecino desprevenido entre buscando unas gotas para la presión, un antipirético o algún medicamento para aliviar el dolor. Una vez dentro, puede que no encuentre nada de eso, pero tendrá más suerte si necesita pañales, una muñeca o un juego de maquillaje infantil.
La transformación de la Farmacia de Peralta resume una paradoja que se extiende por toda Cuba. Mientras el sistema sanitario atraviesa una grave escasez de medicamentos e insumos, los espacios estatales buscan ingresos abriendo sus mostradores a mercancías privadas que sí consiguen llegar hasta los anaqueles.
Al menos, los estantes ya no están vacíos. Es una victoria visual nada despreciable en tiempos de escasez. El único inconveniente es que, detrás de su cartel, lo que más cuesta encontrar son precisamente las medicinas.
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