Foto del día: La última muda de ropa de Norbert Galland está en venta
La Habana/Norbert Galland no tiene una tienda, ni un mostrador, ni siquiera una percha donde colocar su mercancía. Le basta la esquina de Vía Blanca y Diez de Octubre, en La Habana, para intentar ganarse unos pesos. Su pequeño negocio cabe en las dos manos: una camisa blanca, otra oscura y alguna prenda más que saca de su propio guardarropa. No está renovando el vestuario ni haciendo espacio en el escaparate, está vendiendo lo poco que tiene para poder comer.
Con una gorra gastada, el rostro surcado de arrugas y una delgadez que parece haberle reducido también la sombra, Galland se planta junto a la acera y levanta las camisas para que los transeúntes puedan examinarlas. En sus manos sostiene una prenda blanca, cuidadosamente abotonada y todavía colgada de su perchero; también dos camisas, una oscura y otra clara, como si ofreciera un surtido capaz de satisfacer los gustos de cualquier cliente.
Cerca pasan motocicletas, triciclos y camiones. El tráfico de esta zona habanera sigue su curso, indiferente al anciano que ha convertido la acera en un improvisado establecimiento comercial. A pocos metros, los baches, los charcos y los desperdicios completan una escenografía que cuenta al dedillo la Cuba en la que vive el improvisado comerciante.
/ 14ymedio
Galland no recibe jubilación ni ayuda del Estado, según cuenta a 14ymedio. Su situación resulta especialmente dura en un país que durante décadas presumió de haber garantizado protección social a todos sus ciudadanos, desde la cuna hasta la tumba. Ahora, para muchos ancianos, esa promesa parece haberse quedado a mitad de camino, justo cuando más necesitan que alguien cumpla la otra parte del trato.
Las calles de la Isla se han ido llenando en los últimos años de personas mayores que venden cualquier cosa para completar sus ingresos. Algunos ofrecen caramelos, jabas de nailon o cigarros sueltos; otros recogen latas, buscan comida entre los desperdicios o intentan conseguir unos billetes con alguna habilidad aprendida décadas atrás. La vejez, que debería traer cierto descanso, se ha convertido para muchos en una jornada laboral sin horario ni derecho a vacaciones.
Su situación resulta especialmente dura en un país que durante décadas presumió de haber garantizado protección social a todos sus ciudadanos, desde la cuna hasta la tumba
La inflación ha devorado el poder adquisitivo de las pensiones, mientras el dólar continúa su escalada en el mercado informal y arrastra consigo los precios de los alimentos. Tampoco queda siempre el recurso familiar: hijos y nietos han emigrado, y no todos pueden enviar remesas. Los parientes que permanecen en la Isla suelen estar tan apretados económicamente como sus padres y abuelos.
En esa geografía de la supervivencia, Galland se desprende de sus pertenencias para resolver la comida del día.
La camisa blanca luce limpia, entera, casi elegante. Podría servir para una celebración, una visita importante o una ocasión especial. Pero en manos del anciano es solo una pequeña reserva económica que se agota con cada hora que pasa y nadie la compra.
En Cuba, hasta el último traje de domingo puede terminar convertido en el almuerzo del lunes.
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