Matanzas: La inseguridad se adueña de la Plaza de la Vigía

Matanzas/A la una de la tarde, el sol cae a plomo sobre los adoquines de la Plaza de la Vigía. Entre el Teatro Sauto y el antiguo Palacio de Justicia, el calor parece haber espantado a los transeúntes. Apenas unas figuras cruzan la explanada, protegidas con gorras o sombrillas. La belleza de los edificios coloniales contrasta con una sensación cada vez más extendida entre los matanceros: caminar por el corazón histórico de la ciudad se ha convertido en una aventura peligrosa.
Los portales de Ediciones Vigía, los bancos cercanos al puente de Tirry y las esquinas que conducen hacia la calle Milanés forman parte de una geografía del miedo. Según denuncian varios vecinos, los asaltantes aprovechan la escasa circulación de personas para arrebatar teléfonos, relojes y bolsos. Después emprenden la carrera hacia La Marina o Versalles, dejando atrás a víctimas que apenas alcanzan a comprender lo ocurrido.
«Lo único que sentí fue una mano que me quitó el teléfono con tanta rapidez, que cuando vine a reaccionar ya el ladrón iba llegando al semáforo del Viaducto», cuenta a 14ymedio Luis Ernesto, estudiante de preuniversitario. El robo ocurrió prácticamente frente a la cafetería del Sauto.
«Lo único que sentí fue una mano que me quitó el teléfono con tanta rapidez, que cuando vine a reaccionar ya el ladrón iba llegando al semáforo del Viaducto»
«Nadie vino a auxiliarme. No había choferes en la piquera de máquinas por el costado del teatro. En ese momento gritar era en vano, porque no había nadie cerca para pedirle ayuda», lamenta.
La soledad es una aliada de los delincuentes. Donde antes coincidían estudiantes, jubilados, parejas y visitantes, ahora muchos prefieren pasar de largo. Algunos buscan refugio en las escalinatas del antiguo Palacio de Justicia para consultar el móvil; otros apresuran el paso frente a la sede de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas, vigilando de reojo cuanto ocurre a su alrededor.
Ni siquiera la presencia del cuartel de bomberos parece disuadir a los ladrones. Los vecinos aseguran que las patrullas policiales se dejan ver principalmente cuando hay actos oficiales o actividades organizadas por las autoridades.
Yoana, de 24 años, todavía recuerda el empujón que recibió cuando intentó impedir que le arrebataran el reloj. «Yo no le pude ver la cara a ese desgraciado. Cuando intenté resistirme, me dio un empujón tan fuerte que caí al suelo. Para amortiguar la caída puse las manos y me golpeé con uno de los raíles por donde pasaba el tranvía», relata.
La joven caminaba sola y apenas circulaban algunos triciclos por las inmediaciones. Más que el golpe, lo que más lamenta es «la pérdida del reloj, un recuerdo de mi abuela que no voy a recuperar».
En medio de la plaza, el monumento al Mambí Desconocido permanece como testigo mudo de una ciudad que ha comenzado a desconfiar de sus propias calles.
Un anciano que recoge latas de cerveza y refrescos para venderlas como materia prima, presenció cómo un hombre alto le arrebataba el bolso a una mujer. «Por suerte para él ya estoy viejo y las piernas no me respondieron para caerle detrás», comenta.
«Me dijo que al final no cogen a nadie y, por desgracia, tiene razón. Los ladrones se sienten impunes», asegura
Se ofreció como testigo, pero la víctima rechazó denunciar. «Me dijo que al final no cogen a nadie y, por desgracia, tiene razón. Los ladrones se sienten impunes», asegura.
El anciano recuerda cuando la plaza era punto de encuentro y en los portales se compartía una jarra de cerveza fría. Frente a la Galería de Arte «Pedro Esquerré», donde antes los jóvenes aprovechaban la conexión wifi para descargar videos o comunicarse con familiares, también se ha instalado la cautela. Una muchacha confiesa que solamente se conecta cuando la acompaña su novio.
Los balcones del Sauto siguen luciendo sus barandas elegantes, las fachadas conservan sus colores y los adoquines resisten el paso del tiempo. Pero algo esencial se ha perdido. La Plaza de la Vigía ha dejado de ser un lugar para encontrarse y se ha convertido en un territorio del que conviene escapar.
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