Opinión: Israel: La gran asignatura pendiente de la diplomacia cubana

Alicante (España)/La política exterior de una nación es, en su expresión más pura, la principal herramienta de un Estado para garantizar su supervivencia, fomentar su desarrollo y proteger a sus ciudadanos en el tablero global. Sin embargo, cuando es secuestrada por el proselitismo ideológico y el falso moralismo, la diplomacia deja de ser un instrumento de Estado para convertirse en un mero ejercicio de teatro político. En el inventario de fracasos internacionales de La Habana durante las últimas seis décadas, ninguna anomalía ilustra mejor esta disfunción que la prolongada y absurda ruptura de relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.
Para entender la magnitud de este despropósito, es imperativo regresar a la génesis del error. Durante la cumbre del Movimiento de Países No Alineados en Argel, celebrada del 5 al 9 de septiembre de 1973, Fidel Castro anunció unilateralmente la ruptura total de relaciones con Jerusalén. Semanas después, la intromisión cubana pasó de la retórica a la agresión armada directa: La Habana despachó tropas y brigadas de tanques a los Altos del Golán para combatir del lado sirio durante la Guerra de Yom Kipur.
Medio siglo después, la miopía de aquella maniobra es insostenible. Los propios actores árabes que protagonizaron aquel conflicto —Egipto en 1979 y Jordania en 1994— comprendieron que la perpetuidad de la guerra era un callejón sin salida, firmaron la paz y hoy mantienen embajadas, comercio y cooperación estrecha con Israel. A ellos se han sumado recientemente naciones como Emiratos Árabes Unidos y Marruecos. Mientras los antiguos enemigos de Israel comparten hoy tecnología agrícola, militar y de desalinización con Jerusalén para beneficiar a sus poblaciones, Cuba permanece anclada en la trinchera de una guerra que los propios beligerantes ya dieron por terminada.
Un análisis riguroso de la geopolítica cubana revela que esta postura no obedece a la ética, sino a una calculada maniobra mediática
La justificación oficial para mantener esta parálisis diplomática ha sido un supuesto «apoyo inquebrantable e indestructible» a la causa palestina. No obstante, un análisis riguroso de la geopolítica cubana revela que esta postura no obedece a la ética, sino a una calculada maniobra mediática. Defender la causa palestina le sirve al régimen para lavarse la cara internacionalmente y cosechar simpatías automáticas en los círculos de la izquierda global, proyectando un rostro humanista que oculta un profundo y sistémico doble rasero.
Si la política exterior cubana estuviese verdaderamente regida por el rechazo a los crímenes contra la humanidad y la violencia de Estado, sus embajadas estarían cerradas en media docena de capitales aliadas. La hipocresía es matemáticamente demostrable. Cuba no titubeó en blindar diplomáticamente al régimen de los ayatolás en Irán mientras este masacraba a su propio pueblo; el silencio de La Habana fue absoluto ante los más de 1.500 civiles asesinados en el «Noviembre Sangriento» de 2019, y cómplice ante la represión de enero de 2026, cuyas cifras siguen siendo objeto de disputa pero que organizaciones como Hrana y medios como The Sunday Times y CBS News ubican en un rango que va de los cerca de 6.000 muertos confirmados hasta más de 20.000 según fuentes de activistas y personal médico local —muy por encima de los «varios miles» que el propio régimen ha reconocido.
De igual forma, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba jamás consideró romper vínculos con Arabia Saudita, a pesar de que la intervención saudí en la guerra de Yemen desencadenó la peor crisis humanitaria del siglo: según una estimación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo publicada en noviembre de 2021, el conflicto habría dejado unas 377.000 muertes por causas directas e indirectas —bombardeos, hambrunas y enfermedades prevenibles— hacia el cierre de ese año, cifra que organismos humanitarios coinciden en que solo ha seguido creciendo desde entonces. Y, por supuesto, La Habana mantiene un abrazo estratégico con la Rusia de Vladímir Putin, justificando una guerra de agresión en Ucrania que ha arrasado ciudades enteras como Mariupol, masacrado a decenas de miles de civiles y provocado la mayor crisis de refugiados en Europa desde 1945.
Al negarse a entablar relaciones con Israel, el Gobierno cubano sacrifica el plato de comida de sus ciudadanos en el altar de una estética revolucionaria vacía
Los crímenes de guerra, las violaciones al derecho internacional y los abusos contra la población civil son absolutamente condenables y deben ser denunciados en los foros correspondientes. Pero las relaciones diplomáticas entre Estados trascienden los conflictos locales. Como sostiene la doctrina clásica recogida en Satow’s Diplomatic Practice, referente académico de la diplomacia moderna, el establecimiento y mantenimiento de relaciones descansa en el consentimiento mutuo entre Estados y constituye el canal indispensable para gestionar cualquier vínculo bilateral, más allá de las diferencias de fondo. Cortar ese cable de comunicación en nombre de una supuesta pureza ideológica no castiga al adversario; castiga a la propia nación, aislándola de oportunidades y de influencia real.
En este punto, la doctrina de las relaciones internacionales es implacable con el accionar cubano. El padre del realismo político, Hans Morgenthau, sostenía que el interés nacional —y no el moralismo o el legalismo abstractos— debe guiar las decisiones de política exterior de cualquier Estado que aspire a defender a sus ciudadanos. Al negarse a entablar relaciones con Israel —un gigante mundial en la tecnología agrícola que podría revertir la crisis alimentaria crónica de la isla— el Gobierno cubano sacrifica el plato de comida de sus ciudadanos en el altar de una estética revolucionaria vacía.
Naciones con un peso geopolítico y diplomático incuestionable, como Francia, Reino Unido e, incluso, potencias adversarias de Occidente como Rusia o China, entienden esta premisa a la perfección. Todos estos países han levantado sus voces innumerables veces en el Consejo de Seguridad de la ONU para condenar la desproporción militar en Gaza, criticar el accionar de Hamás o declarar ilegales los asentamientos en Cisjordania. Sin embargo, a ninguno se le ha ocurrido que la respuesta lógica a estos conflictos deba ser la ruptura de relaciones diplomáticas con el Estado de Israel. Mantienen sus embajadas abiertas porque comprenden que influir en una crisis exige tener asiento en la mesa, y porque los intereses comerciales, tecnológicos y de seguridad de sus ciudadanos están por encima de las fricciones de terceros.
El ex diplomático canadiense Daryl Copeland, en su obra Guerrilla Diplomacy, plantea que buena parte de la diplomacia contemporánea ha perdido eficacia al reducirse a mensajes dirigidos a la opinión pública en lugar de buscar un compromiso genuino entre Estados. La política exterior de La Habana hacia Oriente Medio encaja en ese diagnóstico: relaciones públicas estériles que no salvan la vida de un solo palestino, pero que empobrecen y aíslan a millones de cubanos.
Fue Cuba quien promovió durante décadas resoluciones para equiparar el sionismo con el racismo en Naciones Unidas. Por consiguiente, es a la Isla a la que le corresponde iniciar el deshielo
La pregunta ineludible en el umbral de una transición democrática es: ¿quién debe dar el primer paso para normalizar las relaciones bilaterales? La diplomacia y el sentido común dictan que el actor que lanzó la primera piedra es quien debe extender la rama de olivo. Fue Cuba quien rompió unilateralmente el vínculo en 1973. Fue Cuba quien envió tanques al Golán para derramar sangre en un conflicto ajeno. Fue Cuba quien promovió durante décadas resoluciones para equiparar el sionismo con el racismo en Naciones Unidas. Por consiguiente, es a la Isla a la que le corresponde iniciar el deshielo.
El restablecimiento de relaciones con Israel es la gran asignatura pendiente de la política exterior cubana, no solo por el valor incalculable de la cooperación bilateral que se desbloquearía, sino por lo que ese acto simbolizaría. Significaría el fin de la era de la hipocresía diplomática. Marcaría el momento en que Cuba deje de utilizar los derechos humanos como un pretexto conveniente y recupere una política exterior adulta, pragmática y enfocada, por fin, en el bienestar, la prosperidad y el futuro de su propia gente.
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